miércoles, 12 de enero de 2011

A un año del terremoto, los haitianos están cada vez peor




A un año del terremoto, los haitianos están cada vez peor
Ese país, calificado como uno de los más insalubres, de golpe tuvo un millón 300 mil personas sin casa
En los llamados campamentos de fortuna los pobladores sobreviven en un hacinamiento sobrecogedor

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Puerto Príncipe, con la mayor aglomeración de desplazados, sólo tiene un centro de tratamiento de aguas, y en los dispensarios en el campo no hay suero oralFoto Eva Hershaw
Blanche Petrich
Enviada
Periódico La Jornada
Miércoles 12 de enero de 2011, p. 2
Puerto Príncipe, 11 de enero. Este mes –a partir del 10 y hasta el día 30– es de duelo oficial en Haití por el aniversario del terremoto. Novenarios en memoria de los 300 mil difuntos transmitidos por radio, ritos vudú realizados en la intimidad de los miles de peristiles (templos caseros de la religión autóctona), conmemoraciones civiles, declaraciones de funcionarios, despliegue de ediciones especiales en los medios de comunicación y sobre todo un sobrecogido ejercicio de la memoria de los sobrevivientes ponen estos días en la balanza lo ocurrido en el país en 2010: un año horrible, tituló el diario Le Nouvelliste en su edición de año nuevo.

Ya un año, desde esos 35 segundos que a partir de las 16:53 horas del 12 de enero hundieron a este pueblo en un horror del que aún no logra salir.

Un año que deja a Claude Prepetit más decepcionado que nunca. Él es el geólogo haitiano que desgastó los pasados años de su vida intentando alertar a la población, pero sobre todo al gobierno y a las instituciones con responsabilidad en materia de seguridad civil y prevención de desastres, sobre las dos peligrosas fallas sísmicas que cruzan el subsuelo de la parte occidental de la isla La Española. Nadie le hizo caso, ni antes ni después del fatídico 12 de enero de 2010. No hemos aprendido la lección, dice: ni se educó a la gente sobre el riesgo sísmico ni se adaptaron los códigos de prevención y reacción ante un nuevo terremoto que no debe descartarse. La sociedad sigue igual de inconsciente y desprotegida, a pesar de todo.

De hecho, entre las muchas cosas urgentes y necesarias que al año del terremoto no se han hecho, está el establecimiento de un código formal y obligatorio para la construcción segura de inmuebles en esta zona de alto riesgo sísmico. Lo único que se logró fue poner en circulación hace unos días un pequeño folleto ilustrado, editado en creole, que distribuye el Ministerio del Interior. Es la Guía de buenas prácticas para la construcción de pequeños edificios, dirigida principalmente a albañiles y constructores artesanales. Algo es algo.

Frustración

El geólogo Prepetit no es el único decepcionado. La frustración acumulada es hoy un estado de ánimo generalizado, que se exacerba con la suma de crisis y desastres. En el atormentado calendario del año pasado hubo varias trombas tropicales, un huracán –Tomás–, una aguda descomposición de la convivencia social y una crisis política potencialmente explosiva que ya se expresa en ocasionales estallidos de violencia callejera (aún aislados) y una crisis poselectoral que no termina de resolverse del todo.

Hubo –y sigue imparable– una profunda crisis de credibilidad de lo que aquí llaman genéricamente la internacional. Este complejo y multiforme actor de la actualidad haitiana incluye a las 420 agencias especializadas que la ONU (Organización de las Naciones Unidas) tiene desplegadas (independientes de los cerca de 10 mil soldados de la Misión para la Estabilización). A ellos se suman cerca de 12 mil activistas de las cuestionadas organizaciones no gubernamentales (ONG) registradas ante el gobierno. Y otros tantos pertenecientes a los mecanismos del sistema OEA (Organización de Estados Americanos) y las misiones de varios países que siguen presentes.

Todo este aparato, que se anunció hace un año como protagonista de la mayor operación de ayuda humanitaria de los tiempos modernos, hoy concentra críticas de muchos flancos.

La internacional y en particular el sistema de la ONU –expresa el catedrático de la Universidad de Boston Jean Phillippe Belleau en un artículo en Le Monde– es un fiasco que actúa como esos hoyos negros del espacio por donde prácticamente han desaparecido millones de dólares este año. Un funcionario de la ONU en Haití gana en promedio 11 mil dólares al mes.

A mediados de octubre, procedente de Mirebalais, en el altiplano central, y de Saint Marc, en el departamento de la Artibonite, llegó la epidemia de cólera.

Lo único que sorprendió a los médicos y expertos en sanidad es que el temido Vibro Cholerae, que según la Organización Mundial de la Salud ha cobrado ya mas de 4 mil vidas, el doble de la cifra que admite el Ministerio de Salud, haya tardado tanto en llegar a un país donde en 10 ciudades, entre ellas la capital, solamente 19 por ciento de la población tenía antes del 12 de enero acceso a baños o letrinas.

Haití, calificado como uno de los países más insalubres del mundo, de golpe tuvo a un millón 300 mil personas (15 por ciento de la población) sin casa por el terremoto. A las grandes franjas de gente paupérrima se les sumaron las familias asentadas en los llamados campamentos de fortuna, levantados en cualquier resquicio posible, sobreviviendo en un hacinamiento sobrecogedor y en insalubridad absoluta.

O como lo expresa crudamente un transeúnte que todos los días pasa por la otrora elegante y arbolada plaza de Saint Pierre, en el barrio de las clases altas: De la noche a la mañana los haitianos nos encontramos con la caca en la nariz.

En pintas que se encuentran por doquier en los muros de la ciudad, por las omnipresentes ondas radiales que retumban en todas las esquinas, en grandes espectaculares y en acosadores mensajes SMS de telefonía celular se despliega intensiva la campaña anticólera: Defienda a su bebé; lávele las manos antes de comer, se insiste.

¿Con qué agua? La disponible. Con agua no tratada, expuesta a la contaminación de la bacteria. Es su única opción, se queja el presidente de Médicos sin Fronteras (MSF), Unni Karunakara. Cuando llegué en noviembre, me encontré que Puerto Príncipe, con la mayor aglomeración de desplazados, sólo tiene un centro de tratamiento de aguas. Que en los dispensarios en el campo no hay suero oral. Y todo esto a pesar de que cada día el gobierno acredita a miles de trabajadores de ONG extranjeras que vienen supuestamente a colaborar para el control del cólera sin cumplir niveles de capacitación y eficiencia mínimos.

Así, concluye Karunakara, van a continuar estas muertes inútiles por el cólera.

Aunque en los hospitales y clínicas de campaña la epidemia es tangible con el desbordamiento de pacientes que son hidratados con sueros y sondas, en las inmediaciones de los campos de desplazados la vida con su mínima oportunidad de higiene continúa: niños y mujeres hacen cola en la llave del depósito de agua con recipientes y cubetas mal enjuagadas; las señoras preparan los alimentos a pocos metros de las letrinas; los vendedores de agua reparten sus bolsitas y botellines de agua fresca a los pasajeros de los tap tap. Y el Ministerio de Comercio reconoce que no tiene un padrón que registre las empresas que venden en calles y domicilios agua potable. Tiene, eso sí, una lista de 26 de esas empresas, pero ninguna de ellas registra ni su dirección ni su teléfono.

Frente al vacío de regulaciones, se espera mañana el discurso del presidente René Préval.


Fuente: La jornada
Difusión AMLOTV

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