sábado, 18 de abril de 2009
Audio y Fotos de Dr. Jaime Cárdenas y el Dip. Alfonso Suárez del Real sobre la visita de Obama a México y los intereses que hay detrás de ella.
OPINION Y VARIAS DEL POR ESTO!!!
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APAGA LA TELEVISION, NO PERMITAS QUE ASESINEN TU MENTE, MEJOR LEE UN LIBRO E INFORMATE EN LOS MEDIOS ALTERNATIVOS.
YUNQUELAND ROMPIENDO EL CERCO INFORMATIVO.
http://www.yunqueland.com/
México tenía una isla y ésta... ¡¡desapareció!!
1) ¿Puede desaparecer una Isla?
R) En México sí. Ha desaparecido la Isla Bermeja, ubicada a 100 millas al Norte de Yucatán y Campeche.
2) ¿Y quiénes la desaparecieron?
R) En México los legisladores tienen este poder, y en el caso de la Isla Bermeja, aquellos que participaron en la elaboración del TratadoClinton-Zedillo, en el cual México y USA pactaron sus fronteras marítimas en el Golfo de México, en ceremonia celebrada en Washington el 09-06-2000; en complicidad con el contralmirante Néstor E. Yee Amador, director general de Oceanografía Naval; y desde luego, hubo mucho mas cómplices en nuestro país.
3) ¿Y para qué 'desaparecieron' la Isla Bermeja ?
R) Para que México pierda los derechos de explotar los yacimientos petrolíferos inmensos que alojan al menos 22,600 millones de barriles de petróleo.
4) ¿Y cómo sabemos que la Isla Bermeja existió, o existe?
R) Porque su existencia está debidamente registrada desde el año 1864 en la Carta Etnográfica de México, también en el libro 'Islas mexicanas' editado por la SEP, que en su página 110 la ubica a 22º 33' latitud Norte, y a 91º 22' del Oeste; también algunas agencias federales de USA, entre ellas la CIA reportan su existencia, e incluso una Agencia de Viajes de USA ofrece viajes a nuestra Isla Bermeja.
5) ¿Y no hubo legisladores mexicanos que se opusieran a esta 'desaparición'?
R) Sí, el finado Senador José Ángel Conchello, se opuso con todas sus fuerzas a este despojo a la Nación Mexicana, pero murió en un extraño accidente carretero, nunca investigado, en el año 1998.
6) ¿Y que pasó con las minutas del Congreso, en donde consta el debate sobre este tratado?
R) Desaparecieron también, aunque esto es un acto ilícito mas, incluso, desaparecieron los nombres de los legisladores mexicanos que participaron en este asunto.
7) ¿Y en qué me afecta a mi, como individuo, que esta Isla esté desaparecida?
R) Actualmente en México el 40% del presupuesto del gobierno se compone de ingresos derivados del Petróleo y que Hacienda le quita a PEMEX; entonces tu pierdes todo lo que nuestro país, a través de PEMEX, obtendría de ganancias por la explotación de esa inmensa 'Dona petrolífera'; pero no solo tu pierdes esto, sino tus hijos, nietos, familiares, y toda tu descendencia.
8) ¿Y este despojo a todos los mexicanos es un hecho consumado e irreversible?
R) No, porque la Isla Bermeja allí está, y puedes contratar un viaje a ella en la mencionada Agencia de Viajes que está en USA, por lo que, el tratado Clinton-Zedillo debe anularse para hacer uno nuevo, corregido, y midiendo nuestros derechos en un radio de 200 millas alrededor de NUESTRA ISLA BERMEJA.
9) ¿Y donde puedo saber mas sobre este tema?
R) En cualquier buscador, teclea. "Isla Bermeja" y vas a encontrar cosas impresionantes!!
10) ¿Y qué puedo hacer?
R) Mucho, empieza por divulgar este despojo, continúa informándote al respecto, y únete a todos los que amamos a nuestra Patria Mexicana, y no nos dejamos engañar por el poder mediático.
PARA MAYOR EVIDENCIA VISITA ESTA LIGA, TOTALMENTE DE INTERÉS NACIONAL
http://www.youtube.com/watch?v=vC65fb2Vzvo
EL VOTO DE CASTIGO. ABSTENCIONISMO Y VOTOS NULOS. III PARTE
EL VOTO DE CASTIGO. ABSTENCIONISMO Y VOTOS NULOS. ACTO IRRESPONSABLE O MANIFESTACION LEGITIMA DE INCONFORMIDAD,
Un acto contra el cinismo y la indiferencia
Tachar la boleta es una forma legítima de decir que estás de acuerdo con la democracia pero no con ninguna de las opciones políticas que se te presentan
Andrés Lajous
El Universal
México, DF Viernes 17 de abril de 2009
El voto en México necesita ser defendido frente a dos adversarios que son difusos y cada vez más fuertes. Entre más se fortalece uno de ellos, con más fuerza repercute en el segundo. Funcionan como un ciclo combinado que corroe quizá irreversiblemente nuestra democracia electoral. Estos enemigos no tienen una sola cabeza. A veces se corta una, pero es sustituida por las demás. Sobreviven a lo largo del tiempo entre más los ignoramos, obviamos su existencia o provocan la abstención. El primer paso para enfrentarlos es poniéndoles el nombre de la actitud que los llama a existir: el cinismo y la indiferencia.
Los malos políticos en México viven de nuestro propio cinismo. De nuestra renuncia a tratar de describir un país diferente. Cada que pedimos a alguien que no sea ingenuo, que no sueñe, que acepte la realidad tal y como la definen quienes hoy gobiernan, le estamos pidiendo que no le exija nada a quienes nos representan frente a las instituciones. Le estamos pidiendo que no los empujen a representarnos mejor. Cuando aceptamos en la frustración que “así es la política”, garantizamos que la política siga siendo como es. Cumplimos nuestra propia profecía.
Es de esta profecía que viven hoy los malos políticos. Con ella los invitamos a seguir haciendo lo que hacen: no ofrecernos algo que podamos considerar bueno, y nos incitan a conformarnos con el menos peor. Felipe Calderón lo confirma al decir “lo posible es enemigo de lo mejor”, pero evita decirnos que lo posible hoy son este gobierno, estos partidos con estos políticos. Su diagnóstico no falla, están muy lejos de ser lo mejor. Podemos votar por el menos peor, una o dos veces, pero para la tercera votar pierde todo sentido. ¿Para qué tomarnos el tiempo de votar, si ni siquiera podemos votar por algo que creamos que sea mejor?
Aun así los malos políticos saben que para ganar elecciones necesitan que los pocos que siguen votando voten más por ellos. Ahora están metidos en su propio problema. Su cinismo, con el que renuncian a competir imaginando y proponiendo lo que consideran mejor, les deja como única estrategia de movilización infundir el miedo entre la ciudadanía. Por un lado, el gobierno del PAN, en medio de una guerra entre crimen, policía y Ejército, sin recato le transfiere el nombre del enemigo público al PRI al declararlo en su publicidad “narco”. Por el otro lado, el PRI desde la toma de posesión de Calderón nos amenazaba con tener en las manos la estabilidad (o inestabilidad) del país. Ahora, meses antes de la elección aprovecha para reafirmar su amenaza: “La estabilidad está en juego”. Nada más.
Aun con el miedo como motor electoral, muchos ciudadanos no verán razón para votar. Los malos políticos les dicen “vota por el menos peor”, “vota por el que te dé menos miedo”. Esas no son buenas razones para votar, sino para quedarse en casa, protegerse, aislarse de la sociedad, no volver a abrir la boca y ser indiferentes frente a lo que suceda fuera de nuestra seguridad individual. Así parecen expresarlo los spots del PRD: “Ustedes quédense en casa, sean indiferentes, nosotros desde nuestro centro de análisis (vestidos de negro) podemos tomar todas las decisiones”.
De la indiferencia también viven los malos políticos pero, aún más grave, con ella se gesta el autoritarismo. Cuando las personas se dejan de presentar a votar porque sólo pueden votar por lo menos peor, cuando prefieren quedarse en casa porque creen que su voto no vale o tienen demasiado miedo para salir, ya no hay manera de castigar a los políticos por hacer la política que hacen. Las democracias electorales viven de quienes votan y de quienes cuentan los votos. Si no cumplimos una de esas dos condiciones es difícil que el sistema electoral sobreviva. Los políticos que pueden gobernar sin votos suelen ser malos gobernantes. El autoritarismo ya no tiene la excusa de ser buen gobierno.
La democracia electoral en México no depende sólo de los partidos, pese a lo que sus dirigentes digan, sino de los miles de voluntarios que contarán los votos, y de los otros miles que van a los consejos distritales del IFE a verificar los padrones. También depende de las personas que se levantan ese día y deciden expresarse a través del voto. No hay duda: si ese día no hay votos por contar y votos contados, no hay democracia, aunque haya partidos.
La elecciones no sólo son un sistema de elección de gobernantes, sino uno de información. Permiten saber qué preferencias, preocupaciones y objetivos tiene la sociedad. Cuando unos votan por las izquierdas y otros por las derechas, tenemos una idea de cuántas personas quieren cierto tipo de gobierno con ciertas prioridades. Pero si las opciones no satisfacen a nadie y sólo se vota por el menos peor, entonces no tenemos la fotografía que la sociedad necesita para conocerse, entenderse y tomar decisiones de manera informada. Por eso hay pocas cosas tan graves para una democracia electoral como la abstención. La sociedad y sus gobiernos se quedan sin saber qué piensan los que no votan.
El cinismo provoca la indiferencia y la indiferencia la abstención. Ese es el ciclo del cual se alimentan buena parte de nuestros políticos. La única manera de reventar el ciclo es votando por lo que sí queramos votar. No tenemos por qué aceptar la regla del cinismo y expresarnos por el menos peor, por qué dejar que nos quiten la capacidad para expresar que queremos algo mejor que lo que hay. Votar no es un favor ni un deber; es un llamado que nos hacen nuestras mejores convicciones para actuar y expresarnos. Si este año esas convicciones son que ningún partido que hoy compite las representa, entonces anular el voto es el acto que así lo expresa.
El llamado al voto nulo no debe asustar a nadie. Es un paso para reconocer que buena parte de los problemas del país se debe a cómo nos representan quienes se supone que lo hacen. Incluso es motivo de celebración para quienes creemos en las instituciones electorales de nuestra democracia. El llamado representa el interés de ciudadanas y ciudadanos por comunicarse con el resto a través del voto, aunque no se sientan representados por ningún partido. No hay mejor forma de mandar el mensaje: “Creo en la democracia y en las elecciones, pero no creo en ninguno de los que hoy quieren ser nuestros representantes”. Si quienes quieren protestar no lo pueden hacer a través del voto, dejarán de votar. Cuando nadie vota ahí sí es cuando tenemos que preocuparnos, ahí es cuando la semilla del autoritarismo deja de ser semilla y se convierte en raíz.
Analista
EL VOTO DE CASTIGO. ABSTENCIONISMO Y VOTOS NULOS. II PARTE
EL VOTO DE CASTIGO. ABSTENCIONISMO Y VOTOS NULOS. ACTO IRRESPONSABLE O MANIFESTACION LEGITIMA DE INCONFORMIDAD,
Abstención y voto nulo
Aun sin defenderla, la expansión de la idea de anular el voto debería alertar a los políticos acerca del descontento de la sociedad para con sus acciones
Hacía muchos años que no oía de campañas por la abstención o por el voto nulo. Desde que tengo memoria, el llamado organizado por la abstención más importante, todavía en los años del dominio total del PRI sobre el arreglo político, fue el del Partido Comunista en 1970. Los comunistas —que siempre habían llamado a votar por sus candidatos, aun cuando no eran reconocidos sus votos por no tener registro— en 1970 llamaron a la abstención activa. Se trataba de una protesta por la cerrazón del régimen y por la represión de 1968. Sin embargo, en 1976 el voto por el candidato del Partido Comunista, Valentín Campa, no computado oficialmente pero calculado por
Para aquella elección, la que nos dejó a López Portillo, el PAN se había quedado sin candidato. Un conflicto interno había enfrentado a dos corrientes partidistas con resultados catastróficos, pues se escindieron y no pudieron postular a nadie para la presidencial, cuando ningún candidato obtuvo la mayoría calificada que pedían los estatutos. Sin embargo, no llamaron a no votar, pues estaban en juego las diputaciones de partido.
Después de eso vino la reforma política y todo comenzó a cambiar. En la primera oportunidad que tuve para votar lo hice con entusiasmo, después de haberme metido de cabeza en la campaña electoral con el PST. Aquella elección movilizó a los nuevos votantes a favor de la izquierda. Sobre todo por el Partido Comunista y sus aliados. Sin embargo, hubo muchos jóvenes, estudiantes universitarios, que no se sintieron interesados y repetían las consignas de la izquierda radical que llamaba electorero al PCM por haber obtenido su registro y pedían el “rechazo total al fraude electoral” en sus consignas de marcha, sobre todo aquel 2 de octubre de 1978, décimo aniversario de los hechos de Tlatelolco, que marcó el inicio de mi compromiso político. Uno de los más destacados abstencionistas de entonces —el más influyente sin duda— era Heberto Castillo, con su PMT, voluntariamente excluido del proceso de reforma.
Después de aquella elección y del efecto demostración que tuvo sobre los dirigentes radicales el ver la relevancia de los diputados de la coalición de izquierda, todos los grupos de la izquierda buscaron tarde que temprano su participación electoral. En 1982, los trotskistas del PRT y los grupos sin participación previa en la coalición de izquierda se integraron al PSUM, sobre todo el Movimiento de Acción Popular, que se sumó a la construcción del nuevo partido convocado por el Partido Comunista y sus aliados previos; el PMT se dividió por el renovado abstencionismo de su líder y varios de sus cuadros se sumaron al esfuerzo de unidad de la izquierda. En 1985 el más testarudo abstencionista buscó su registro y fue diputado.
No es necesario decir mucho del cataclismo de 1988. La bola de nieve de la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas movilizó a los últimos rescoldos del radicalismo guerrillero y los metió a la búsqueda de los votos. No hubo desde entonces llamados serios a la abstención, con la excepción de “la otra”, puesta en escena soporífera de Marcos.
El voto se había abierto paso como instrumento de poder social. Con el voto se hizo la democracia mexicana, como bien ha dicho Mauricio Merino. Pero no siempre el voto fue para los candidatos con registro. Antes de la apertura generada por la reforma de 1977, desencadenante del proceso democratizador, el voto por opciones no registradas sirvió para resquebrajar al régimen monolítico.
Desde 1988 el consenso político ha sido contra la abstención. La abstención se ha considerado en buena medida como apatía conforme, sobre todo de los marginados. Se sabe que crece en las intermedias, principalmente en los estados sin elecciones concurrentes de gobernador, pero ha quedado en 2000 y en 2006 en niveles equiparables a los de los países con democracias consolidadas, siempre lejos de las unanimidades propias de los regímenes totalitarios, pero por arriba del 60%. En 1997, elección intermedia, la votación subió por la novedad de la elección del jefe de Gobierno de la ciudad de México.
Sin embargo, ahora se oyen voces por la abstención y por el voto nulo. No vienen como en los 70 y 80 de la radicalidad de izquierda sino de las capas medias urbanas. Se trata de dos acciones distintas con consecuencias diferentes. Una implica la apatía condescendiente. El otro es un acto que requiere de ir a la urna y anular el voto expresamente. La primera rompe el vínculo del ciudadano con la representación. En cambio, lo segundo puede constituir un acto de protesta contra el sistema de registro de partidos que deja a muchos ciudadanos sin opción de voto.
La legislación mexicana no contempla el voto en blanco, y aunque las boletas traen un espacio para candidatos no registrados, lo asentado ahí no se computa. La posibilidad de ir a votar para decir que ninguno de los partidos le dice nada al elector no está legitimada por el arreglo electoral mexicano. Sin embargo, el hecho de que estén surgiendo voces que dicen que ninguno de los partidos entusiasma demuestra que el sistema de registro —ideado en su día para proteger al PRI, abierto en la ley de 1977 y vuelto a cerrar en 1996 como nueva protección a los partidos pactantes— ya requiere ser modificado para abrir, en lugar de estrechar reforma tras reforma, los cauces de participación.
Sin duda, el berrinche de las televisoras hace que de por ahí surjan muchos de los llamados a la deslegitimación de la elección. Eso lo haría una abstención abismal. Sin embargo, ir a votar como un acto de protesta, con una consigna específica, que cuestione a los partidos actuales, no es en sí mismo un acto antidemocrático. Incluso puede tener características interesantes si se concentra en la elección de diputados federales, aunque se vote por los partidos en las demás; y sí se puede medir. No estoy defendiendo la opción. Sólo creo que una acción concertada en ese sentido tendría que se tomada en cuenta por los políticos como señal de alarma ante su capacidad de representar intereses. Ellos son los responsables de que una idea así se abra paso.
Y es que también está el hecho de que la elección intermedia en el presidencialismo democrático está dejando de tener sentido. Sólo puede complicarle más las cosas al presidente, mientras que poca mejora puede esperar de ellas. Y no me refiero sólo a las que vienen sino a todas. Es una más de las fallas del arreglo presidencial al que estamos aferrados, pero esa es otra historia.
Politólogo
EL VOTO DE CASTIGO. ABSTENCIONISMO Y VOTOS NULOS. I PARTE
EL VOTO DE CASTIGO. ABSTENCIONISMO Y VOTOS NULOS. ACTO IRRESPONSABLE O MANIFESTACION LEGITIMA DE INCONFORMIDAD,
El voto de castigo
Pensar que el abstencionismo es muestra de falta de cultura democrática es simplificar el fenómeno; más bien constituye una expresión de que la ciudadanía conoce en mayor o menor medida la utilidad del sufragio
El Universal
México, DF Viernes 17 de abril de 2009
No existe una regla aceptada por los expertos que dé cuenta con certidumbre del comportamiento electoral y sus variaciones en las democracias modernas. Tanto una copiosa concurrencia en las urnas como un marcado abstencionismo se pueden deber a un sinnúmero de causas coyunturales y estructurales. Por ello, no hay encuesta confiable ni cálculo infalible para anticipar con precisión quién o qué partido va a ganar una elección, cuál será el grado de participación o de abstencionismo, qué campaña será exitosa y cuál un desastre. Con todo, una cosa es cierta: en aquellas democracias en las que se ha registrado al menos una vez una concurrencia elevada a las urnas por parte de la ciudadanía, un repentino descenso en dicha participación o un incremento considerable del abstencionismo no se explica por razones de una cultura política escasamente democrática que aleja a los ciudadanos de las urnas, sino al contrario: por la existencia de una ciudadanía lo suficientemente madura e informada como para discernir que la oferta política que se le presenta es pobre y por tanto no merece ser respaldada en las urnas.
Consideraciones así son importantes, porque es muy frecuente descargar en los ciudadanos las insuficiencias de partidos y candidatos para conectar con sus potenciales seguidores. Por esta vía, el abstencionismo vendría a ser la expresión de una ciudadanía poco participativa y políticamente apática. Obviamente, pintar las cosas de ese color es muy cómodo para los políticos profesionales, pero no hace justicia a los hechos. Así como no hay una regla que explique puntualmente las variaciones en el comportamiento electoral de una elección a otra, tampoco el abstencionismo es sinónimo de una pobre o escasa cultura democrática, sino de una ponderación más o menos razonada de la mayor o menor utilidad del voto.
El argumento aplica perfectamente para el caso de México que, no obstante ser una democracia joven, ha mostrado patrones de comportamiento irregulares, desde la afluencia masiva a las urnas, sobre todo en algunas elecciones presidenciales decisivas, hasta de marcado abstencionismo, sobre todo en elecciones federales intermedias y en muchas locales.
Y si bien, por lo mismo, no se puede establecer una tendencia neta sobre el comportamiento electoral dominante en el país, una cosa parece cierta: los mexicanos se preocupan y se ocupan cada vez menos de ir a votar.
Teóricamente, las razones del abstencionismo pueden ser muchas y muy complejas: creciente malestar hacia la clase política, desencanto con la democracia y hartazgo hacia los partidos o existencia de un umbral elevado de confianza o aceptación de la democracia electoral que en lugar de motivar la participación la mantiene en niveles mínimos. Ambos casos —el malestar y la confianza básica—, aunque contradictorios entre sí, tienen algo en común: nacen de la sensación o percepción de que gane quien gane, para bien o para mal, con la democracia no pasa nada, o al menos nada decisivo y trascendental como para involucrarse activamente. Obviamente, la primera razón del abstencionismo —el malestar— es más frecuente en democracias poco consolidadas y con fuertes tradiciones autoritarias no muy lejanas en el tiempo, mientras que la segunda —la confianza básica— es típica de democracias consolidadas y de larga data.
De acuerdo con lo anterior, no es descabellado anticipar que el principal protagonista en las próximas elecciones federales intermedias y en la gran mayoría de las elecciones locales concurrentes será el abstencionismo. Podrá ganar un partido la primera mayoría en el Congreso; otro, alguna plaza municipal o estatal relevante; un tercero caerá en sus cálculos más optimistas. Pero en todos los escenarios, los ciudadanos nos sentiremos menos estimulados que en otros años para asistir a la cita. Y entre las razones posibles, la que prevalece en México es el malestar hacia la clase política más que la confianza básica a la democracia. A riesgo de ser muy general, la lectura prevaleciente entre muchos electores se acercará a la siguiente: el PAN tuvo su oportunidad, pero ha sido un fracaso en el poder; el PRD merece su oportunidad, pero sus élites se la pasan destruyéndose entre sí; el PRI está siendo prudente y busca capitalizar el desgaste de los demás, pero no deja de ser el inefable “partidazo” de la era autoritaria; y la chiquillada ha exhibido siempre grandes dotes de oportunismo y falta de compromiso con las causas nacionales.
En consecuencia, diremos muchos: “¿Para qué votar? Todos los partidos son un asco, y además no tienen ningún compromiso con la ciudadanía”. A ello hay que sumar factores coyunturales igualmente desalentadores, como la actual crisis económica, la situación de inseguridad, las pobres e inútiles reformas estructurales aprobadas por el Congreso recientemente (como la petrolera, la electoral y la del Estado), y las muchas que faltan por hacerse.
Las cifras del abstencionismo
Que el abstencionismo vaya a ser el gran protagonista de las elecciones no es una novedad y tampoco un asunto por el que debamos desgarrarnos las vestiduras, como vociferan políticos alarmistas. Si revisamos las cifras de abstención tanto en los comicios presidenciales como en los de diputados federales de los últimos 25 años, ambas muestran una clara tendencia al alza, con todo y que el comportamiento en algunos comicios parece escapar a toda lógica, lo cual bien puede deberse a la falta de instituciones electorales confiables en el país, sobre todo antes de la reforma electoral de 1996.
Considérese, por ejemplo, la elección presidencial de 1982, con una abstención según las cifras oficiales de apenas 32.55%, en una coyuntura de crisis económica, con una competencia partidista incipiente y con un “candidato oficial” con escasas dotes para movilizar al electorado pero que terminó arrasando en las urnas. Pero más sorprendente aún resultan las presidenciales de 1988, quizá las que más interés han concitado entre los electores, pero que según las cifras oficiales arrojaron la abstención más alta de la que se tenga registro hasta: 54.80%. Y como estos hay muchos ejemplos más, lo cual sólo nos sugiere una cosa: debemos tomar con pinzas las cifras oficiales, al menos las existentes hasta bien entrados en los años 90, para no generar espejismos.
No obstante ello, como decíamos, la tendencia al alza del abstencionismo en elecciones federales es clara. Mientras que en las presidenciales de
Mención aparte merecen los resultados de comicios locales a nivel municipal y estatal, donde ya se registran niveles de abstencionismo de hasta 80%, como en elecciones recientes celebradas en Baja California y Oaxaca. Para las elecciones locales de julio de 2009, pese a ser concurrentes con las elecciones federales, no existen indicios de que se pueda revertir la tendencia al alza del abstencionismo. Cabe señalar que sumando el conjunto de las elecciones municipales en todo el país, concurrentes y no concurrentes con elecciones federales, celebradas en el sexenio de 2000-2006, la abstención alcanzó 49.5%, cifra que aumenta a 54.5% si sólo se consideran las elecciones locales no concurrentes.
Causas y consecuencias
En la perspectiva de un triunfo del abstencionismo en las elecciones de 2009, habría que desechar por obsoletas las interpretaciones según las cuales un creciente abstencionismo es sinónimo de incultura política y una fuerte tasa de participación sólo es posible en naciones con culturas democráticas maduras. En efecto, pese a que la democracia mexicana está apenas dando sus primeros pasos, no se puede decir que la cultura política de los mexicanos sea escasamente democrática. Por el contrario, el abstencionismo constituye una expresión de creciente apatía o malestar social hacia la política institucional, lo cual nada tiene que ver con el grado de cultura democrática existente, sino con el pésimo desempeño de las autoridades y la pobre oferta política de los partidos en contienda.
En realidad, este diagnóstico vale para casi todas las democracias del planeta, pues hoy presenciamos una crisis de la representación política: un creciente extrañamiento de las sociedades y sus representantes. En lo personal, prefiero leer el fenómeno del abstencionismo en las democracias actuales asociado a este contexto global de crisis de la política representativa, que quedarme en la superficie de nociones como “fatiga” o “saturación” electoral con las que los politólogos y los electorólogos suelen referirse al asunto, pues no sólo subestiman la magnitud de la crisis de la política institucional de fondo, sino que suponen que basta perfeccionar las campañas o la imagen de los partidos ante el electorado para revertir las tendencias a la baja de la participación electoral, cuestión que la propia realidad se ha encargado de desmentir una y otra vez. Es decir, estas lecturas terminan haciendo apología de esa bazofia que es el “marketing político”.
No puede decirse que la cultura política de los mexicanos es pobre cuando los ciudadanos marcaron la diferencia en las urnas para que terminara de manera pacífica el viejo régimen priísta y fuera sustituido por otro distinto sustentado en la libertad y la justicia. Por ello, tampoco extraña que los electores no concurran ahora a las elecciones en la misma proporción que en 2000 o 2006, o incluso antes cuando la expectativa de cambio era un ingrediente adicional en los comicios, pues la mayoría de los mexicanos nos sentimos ahora defraudados o frustrados ante una expectativa de transformación que no se ha concretado. La percepción dominante entre los ciudadanos es que ninguno de los actores políticos, pero sobre todo el gobierno federal, los partidos y el Congreso, ha estado a la altura de las expectativas de transformación que se abrieron entonces. Otra cosa es calificar el tipo de cultura política dominante en México, o ubicarla en una escala de mayor o menor cercanía a los valores democráticos de tolerancia, pluralismo, participación, etcétera. Pero aun aquí seguramente nos llevaremos una sorpresa si se contrasta la cultura política de los ciudadanos con la de sus propios políticos. Basta de menospreciar a los ciudadanos. En México tanto el voto como el no voto son hoy en la mayoría de los casos elecciones individuales racionales y maduras.
La elección de no votar, cuando es consciente, es también una elección legítima: tiene un significado que quiere proyectarse políticamente. Tampoco comparto las interpretaciones que consideran que el desencanto de los ciudadanos más que con los partidos o con los políticos es con la democracia, pues han descubierto que ésta no resuelve milagrosamente sus problemas inmediatos. Nuevamente se etiqueta aquí a los electores y se presume que su apatía en las urnas nace más de la ignorancia y el desconocimiento de lo que es la democracia, pues la cargan de significados que no tiene. En realidad, este supuesto candor no aplica, pues lo que la mayoría de los ciudadanos en México pretende de la democracia es que sus representantes los representen adecuadamente, quiere mejores leyes y garantías, vivir en un verdadero estado de derecho. Ni más ni menos.
Pero, ¿qué consecuencias puede tener un abstencionismo creciente para el desarrollo democrático de un país, en particular para México? No hay que alarmarse. La mayoría de las democracias convive a diario con este convidado de piedra. Eso no significa que su presencia no advierta de un distanciamiento cada vez más visible de partidos y autoridades respecto de los ciudadanos, nacido de la inconformidad o la insatisfacción hacia la política institucional. Cabe precisar que en democracias consolidadas esta insatisfacción suele acompañarse de percepciones según las cuales la democracia está bien como está y participar o no en las urnas no cambia nada las cosas, o la democracia está maltrecha pero votar o no votar no modifica nada, o gane quien gane las elecciones las cosas seguirán iguales. Obviamente, se trata en todos los casos de posiciones que desalientan la participación. Las cosas en una democracia joven, no consolidada o que no ha podido sacudirse el peso del pasado autoritario, como México, son más burdas. Un ciclo de alta participación seguido de alto abstencionismo electoral sólo puede ser explicado por un hecho: la mayor o menor expectativa de cambio o de ruptura con el pasado autoritario.
Una afluencia masiva a las urnas estaría revelando una cierta confianza en la ciudadanía de que las cosas pueden cambiar, mientras que el abstencionismo indicaría lo contrario. La gente se moviliza cuando considera que es necesario hacerlo para avanzar en la democracia, y deja de hacerlo cuando ha dejado de creer en esa posibilidad. Lamentablemente, en México el abstencionismo llegó muy temprano en su vida democrática. No terminábamos de transitar a la democracia por la vía de la alternancia cuando el malestar y la frustración ya empezaban a campear. Pero como he sostenido, el alejamiento de las urnas no es una condición cultural, sino una consecuencia del pésimo desempeño de las autoridades. Es la constatación de una ciudadanía capaz de cuestionar con su silencio la pobre oferta política de los partidos o de castigar a una clase política ineficaz y timorata, o simplemente de enviar señales de malestar y desencanto a sus representantes con la esperanza de que algo cambie. En México el abstencionismo está muy lejos de ser, como en varias democracias consolidadas, expresión indirecta de complacencia con la política institucional. Al contrario, la arena electoral ha sido en los tiempos recientes el principal espacio de contestación a la política oficial, el ámbito genuino de expresión de la ciudadanía.
Por todo ello, el abstencionismo creciente debe alertar sobre todo a partidos y a gobernantes en general. Para empezar, debe quedar claro a los políticos que la mercadotecnia no aplica en nuestro país, que nuestra ciudadanía es lo tan madura como para dejarse engañar por espejitos o retóricas vacías. Debe quedar claro que el único criterio válido para aspirar a contar con las preferencias de los ciudadanos son sus propias acciones, la congruencia entre promesas y decisiones. La ciudadanía está más alerta y despierta de lo que los políticos sospechan. Ya es tiempo de que partidos y gobernantes se tomen en serio el “¡No nos falles!” del 2 de julio de 2000. Una consigna más que elocuente del nuevo México que hasta ahora muy pocos políticos han alcanzado siquiera a atisbar.
Concluyo con una nota optimista. Contrariamente a lo que sugiere cierta lógica, el abstencionismo creciente puede propiciar transformaciones interesantes en el sistema de partidos, y cambios positivos en las agendas y la fisonomía de los partidos en busca de permanecer como opciones electoralmente viables en futuras contiendas. Es decir, puede tener un efecto positivo: estimular y acelerar tanto la renovación política y la autocrítica que hasta ahora han desdeñado todas las fuerzas partidistas como la celebración de acuerdos interpartidistas efectivos en el seno del Congreso y en otras instancias con el objetivo de avanzar, ahora sí, en una verdadera reforma del Estado, tan necesaria para el país.
Catedrático-investigador de



