miércoles, 12 de agosto de 2009

Calderón ante Honduras



Calderón ante Honduras
OLGA PELLICER

El recibimiento tan cordial ofrecido por Felipe Calderón al presidente depuesto de Honduras, Manuel Zelaya, sorprende y suscita interrogantes sobre el papel que desea desempeñar el gobierno de México. Actualmente, en Honduras el tema principal es cómo desatar el nudo en que se encuentra la vida política. Reconciliación es la palabra clave. Baste recordar que el Acuerdo de San José elaborado por el presidente Arias en su esfuerzo de mediación incluye en su nombre la especificación: “…para la reconciliación nacional y el fortalecimiento de la democracia en Honduras”.
Las muestras de apoyo y solidaridad recibidas por Zelaya en México ¿son útiles para avanzar en dicha reconciliación? ¿Son un elemento que contribuye al acercamiento de los principales actores que participan en el drama hondureño?
La respuesta a las preguntas anteriores es negativa. La mediación encabezada por Arias exige concesiones tanto por parte de Zelaya como del gobierno impuesto por los militares. Brindar apoyo entusiasta a una de las partes no contribuye, como se vio en las declaraciones a la prensa de Zelaya, a un ánimo conciliatorio.
Reafirmar el rechazo al golpismo es encomiable; sin embargo, no es suficiente. Revertir la situación para que Honduras regrese a la vida constitucional es otra cosa. Para ello se requiere bordar fino en un proceso de negociación entre las partes en conflicto. Por temperamento y estilo, el negociar, o contribuir a ello, no es fuerte del presidente Calderón. Por lo tanto, es normal que la visita de Zelaya no arroje saldos positivos.
Para los países latinoamericanos, en particular aquellos que sufrieron los regímenes militares del siglo pasado, es fundamental asegurar que se ha desterrado el peligro de los golpes de Estado como forma de dirimir disputas, que se ha puesto fin a la intervención estadunidense para alentar esos comportamientos, y que no volverán los regímenes que hicieron de la violación de los derechos humanos parte de la vida cotidiana.
Por esos antecedentes fue tan bien recibida la condena unánime de la OEA al golpe de Estado y, pocos días después, su decisión de expulsar a Honduras de esa organización hasta que se restablezca allí el orden constitucional. Así mismo, la suspensión de los programas de ayuda, aunque golpean duramente a la población, son un instrumento de presión sobre los belicosos militares que, inicialmente, desdeñaron todo signo de conciliación.
Ahora bien, el problema no se reduce a cerrar filas contra los militares, sino que obliga a buscar los caminos para evitar que se perpetúen en el poder o que los acontecimientos se deslicen hacia la polarización y la violencia, la cual puede desatarse fácilmente en un país donde, de por sí, los índices de violencia son altísimos. Pocas cosas serían más dañinas para Centroamérica que una guerra civil en Honduras.
Los pasos hacia una reconciliación nacional se dieron de inmediato con la ida del secretario general de la OEA a Tegucigalpa. Su misión no tuvo éxito pero abrió la puerta para la mediación de Óscar Arias, que ha recibido hasta ahora apoyo general de la comunidad internacional.
En el recibimiento a Zelaya, Calderón siguió una línea doble. El aspecto dominante de su discurso fue no escatimar compromiso al apoyar el regreso a Honduras del presidente depuesto. Se declaró listo para respaldar toda iniciativa que pueda conducir a la reinstalación del presidente constitucional José Manuel Zelaya en sus labores habituales.
Así mismo, se declaró a favor del plan Arias al recordar el apoyo que ha recibido en diversos foros multilaterales y al señalar: “El Acuerdo de San José constituye la base para alcanzar una solución pacífica y negociada”.
El problema es que no se puede pedir al mismo tiempo que Zelaya regrese “a sus labores habituales” y apoyar el Acuerdo de San José porque éste impone una serie de condiciones que hacen de tal regreso un acto casi puramente simbólico. En efecto, entre otras cosas, el plan pide la formación inmediata de un gobierno de unidad (en el que seguramente tendrían que participar algunos de los funcionarios designados por el presidente impuesto Micheletti); el adelanto de las elecciones generales y el traspaso de gobierno; una amnistía general para los delitos políticos; la renuncia a promover cualquier consulta popular con objeto de reformar la Constitución.
Las declaraciones de Zelaya a la prensa mexicana sobre su confianza en lograr a través de la llamada “cuarta urna” la participación del pueblo en una democracia directa y de calidad no hablan de una plena aceptación de las condiciones anteriores. Su visión de cómo ejercer la democracia en Honduras ilustran el apego a un estilo guerrero que se halla en el origen de sus desencuentros con el Congreso de su país, con la Suprema Corte y, desde luego, con los militares.
La mediación para la reconciliación en Honduras es una tarea que exige evaluar con mucha objetividad las condiciones existentes en ese país para la instalación de un gobierno de unidad. El reconocimiento del carácter incierto de Zelaya y su potencial de desestabilización en una sociedad con importantes sectores conservadores, además de sus vínculos con Hugo Chávez y Raúl Castro, son elementos que no se pueden descuidar.
Calderón tendría mucho que aprender sobre cómo avanzar hacia la reconciliación en situaciones políticas polarizadas. Lo importante en la venida de Zelaya hubiese sido obtener del polémico presidente signos de conciliación mediante un compromiso más explícito con el plan Arias. No se logró. Calderón parecía más engolosinado con su papel de defensor de Zelaya, y éste con su imagen de líder populista. ¿Quién salió ganando en este encuentro?

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