miércoles, 30 de octubre de 2013

Callar y litigar- Columna semanal de Sergio Aguayo - 30 de octubre 2013


Los Estados Unidos nos espían y nuestro gobierno reacciona con el silencio creyendo, supongo, que es la mejor política dadas las asimetrías de poder. Se equivoca porque entre otras cosas se olvida de la cultura del litigio estadounidense. Comparemos a Enrique Peña Nieto con la presidenta brasileña Dilma Rousseff. En julio Peña Nieto informó discretamente a Washington que quería "meter al congelador" (put to bed) lo relacionado con el espionaje y su única declaración conocida semanas después fueron 87 cautelosas palabras confiadas a Joaquín López-Dóriga, quien las difundió en su columna. La Secretaría de Relaciones Exteriores llegó al apogeo de la cautela al referirse a un "supuesto" o "presunto" espionaje realizado por Washington.

El Ministerio de Asuntos Exteriores de Brasil (o Itamaraty) no se anduvo por las ramas y en sus dos boletines dice que los ciudadanos brasileños son "objeto de espionaje". En tanto, Dilma Rousseff dedicó 724 palabras de su discurso ante la Asamblea General de la ONU para exigirle a Washington "explicaciones, disculpas y garantías" de que no volvería a repetirse.

En las reacciones influyen las biografías. La presidenta brasileña forjó su carácter con las torturas y la cárcel (estuvo tres años en prisión) a que fue sometida por la dictadura militar. Enrique Peña Nieto fue educado en el respeto a las jerarquías y el cuidado de las formas que caracterizan al priismo mexiquense.

Un segundo factor es histórico. Brasil quiere ser una potencia y se aprovecha de la debilidad relativa de Estados Unidos para convertirse en uno de los protagonistas del complejo debate sobre lo que hará el mundo para controlar a una superpotencia con acceso tecnológico a las comunicaciones de todo el planeta. Dilma ya metió a su país en las ligas mayores al aliarse con otra mujer fuerte, la alemana Angela Merkel, para convocar una conferencia internacional. Enrique Peña Nieto es representativo de las élites políticas mexicanas convencidas de que el bajo perfil es la mejor estrategia dada la asimetría de poder entre los países. Es una idea muy vieja. Entiendo la comodidad de instalarse en el victimismo y atrincherarse en mazmorras de silencio; se olvida que el sistema internacional está reajustándose y que Estados Unidos tiene una cultura del litigio argumentativo y jurídico. Respetan al que se defiende.

Buena parte de nuestros gobernantes parecieran estar aprisionados en el trauma de la guerra perdida frente a Estados Unidos entre 1846 y 1848. La historiadora de El Colegio de México Josefina Zoraida Vázquez sostiene con evidencia que aquella guerra ha sido poco estudiada en parte porque hacerlo supondría reconocer que en la derrota fueron determinantes la ineficiencia y falta de cohesión de las élites mexicanas.

Un indicador de la profundidad del trauma fue la decisión mexicana de cancelar la investigación sobre Estados Unidos.

Tuvieron que pasar casi 130 años para que a principios de los años setenta del siglo XX se reanudara el estudio sistemático de la potencia. Ese conocimiento ha permitido a un buen número de académicos y empresarios hacer a un lado los complejos y ponerse a dialogar y cuando es necesario a litigar con los estadou- nidenses. A veces se gana, en ocasiones se pierde, pero así son las relaciones.

Quienes toman las decisiones políticas abordan con superficialidad a los norteamericanos. Un ejemplo es el trato concedido en los Planes Nacionales de Desarrollo (PND) de Felipe Calderón Hinojosa y Enrique Peña Nieto a la relación de seguridad con Estados Unidos. Los diagnósticos son incompletos y descriptivos. No exploran alternativas; es como si lo que hay fuera lo único posible. Por cierto, la superficialidad es lo normal en el tratamiento dado a lo internacional en las páginas de los partidos de izquierda.

Un par de fuentes bien informadas me dicen que el espionaje sí irrita al gobierno de Peña Nieto que ha paralizado las discusiones sobre la Iniciativa Mérida además de que, como sabemos, hará una investigación propia. Sin embargo, y a diferencia de Brasil, el actual gobierno se traga el enojo cuando sería sano que expresara con energía su inconformidad, iniciara un agresivo programa de "ciberdefensa" y empezara a litigar para exigir a Washington correcciones en las políticas que afectan nuestra seguridad; para ejemplificar pienso en la deportación de miles de delincuentes a nuestro territorio.

La asimetría de poder es tan real como las ventajas que nos concede la vecindad geográfica. El gobierno desdeña la cultura del litigio. Felipe Calderón protestaba cada que podía sobre el tráfico de armas pero frenó la presentación de una demanda legal contra vendedores de armas que estaban preparando dos despachos estadounidenses. Siempre seremos vecinos de Estados Unidos, es absurdo que nuestro gobierno razone a veces como los vasallos.

Agradezco las sugerencias del doctor José Luis Salinas y la colaboración de Marcela Valdivia Correa y Paulina Arriaga Carrasco.