jueves, 13 de febrero de 2014

'El Abuelo' es el cerebro de autodefensas: 'Doctor Kiro


Por Arturo Cano, enviado

Tocumbo, Mich., 12 de febrero.

Le pusieron el apodo por su parecido al Doctor Kiro, enemigo mortal de Kalimán. El villano de la historieta prefirió el harakiri antes de caer en manos del hombre increíble. El Kiro michoacano tiene un lema que evoca ese final: ‘‘Antes que alguien me chingue, yo solito me mato’’. Y un orgullo: ‘‘Hipólito (Mora) conoció a El Abuelo (Juan José Farías Álvarez) por medio mío’’.

El Kiro es ganadero en Tepalcatepec, pero desde hace un año anda del tingo al tango tomando pueblos, decidido a ver el día en que el último templario salga de Michoacán.

El azote de Solín era flaco. El Kiro es bajo, ancho y fuerte como un toro. Dice que no le gusta hablar. ‘‘Por eso me acompaña él, porque yo no sé leer ni escribir’’, suelta y señala con un gesto al Comandante Rojo.

Pero basta que comience para que no pare. De su orgullo: ‘‘Hipólito (jefe de las autodefensas en La Ruana) me llamó y me dijo que quería conocer a El Abuelo. Yo le dije que tenía que consultar, y así lo hice’’.

La historia tiene sus huecos, pero el hombre recio –que a media charla se pone su chaleco lleno de cargadores– la cuenta con una seguridad a plomo. Dice que los conspiradores se reunieron una sola vez, el 9 o 10 de febrero de 2013, para decidir la fecha en que tomarían las armas contra Los caballeros templarios.

‘‘En una camioneta, encerrados nomás los tres, quedamos de acuerdo en cómo se iban a hacer las cosas.’’

Si invita un taco, hay que decirle que sí

El Kiro, por si no ha quedado claro, es hombre de acción. Imposible decir que no si invita un taco o si ordena a su guardia hacerse a un lado para salir solo en la foto. ‘‘Yo no soy de mucho hablar. A mí nomás me dicen: ‘me lo traes vivo’, y lo traigo vivo, o ‘me lo traes muerto’’, y lo traigo muerto’’.

Habla por él, en este punto, su marimacho, como llama a su fusil, una suerte de cuerno de chivo que usa balas más pequeñas, de R-15.

Claro que todo lo que se cuenta de El Abuelo (‘‘le dicen así desde chiquillo, quién sabe por qué, pues apenas anda en los cuarentaitantos’’) es falso, aunque El Kiro acepta que estuvo en la cárcel, ‘‘pero ya pagó’’.

Farías acompañó a las autodefensas en un par de las primeras tomas, pero después ‘‘no lo hemos dejado, lo cuidamos mucho porque es una persona muy querida en Tepeque (como le dicen a Tepalcatepec) y porque no nos conviene que se sepa que él es el cerebro’’.

Votante del PRI, El Kiro dice, sin embargo, que le da igual el color. No cree en la política, pero sabe a su manera de ella. Y por eso juzga que el médico José Manuel Mireles, hasta hace poco la principal figura pública de las autodefensas, ‘‘está loco’’.

–¿Por qué?

–Está diciendo muchas verdades, y en la política no todo es verdad.

Entre El Kiro y el Comandante Rojo cuentan cómo fue el alzamiento de hace casi un año. Dicen que Hipólito Mora y El Abuelo fijaron la fecha del 24 de febrero. No fue al azar. Ese día había ceremonia oficial en el ayuntamiento y los conspiradores sabían que llegarían elementos de la Marina (‘‘los sicarios se fueron por esa razón’’). Coincidentemente, había renovación de la mesa directiva de la Asociación Ganadera. ‘‘Ellos iban a poner al presidente, con la idea de que no se les escapara ni un becerro de ponerle cuota, con el fin de controlar todas las cuentas’’.

Los templarios querían imponer a un tal Tony, hermano de El Chilorio. La mayoría no estaba de acuerdo, pero no había cómo oponerse. En eso estaban cuando hicieron su entrada las primeras autodefensas: 15 hombres armados y encapuchados. ‘‘Ahí mismo detuvimos a El Chilorio’’ (al parecer Jorge Luis Maldonado, cuyo nombre curiosamente aparece como el de un socio de Farías en la indagatoria PGR/SIEDO/UEIDCS/191/2006, que llevó a la cárcel a El Abuelo).

En algún momento, y he ahí uno de los muchos boquetes de la historia, debieron enterar a mandos del Ejército Mexicano, dado que una de las primeras acciones de los encapuchados fue entregar a los detenidos a los militares, ‘‘que ya estaban al tanto’’.

De familia numerosa (es uno de 14 hermanos), El Abuelo también tiene un ejército de primos y sobrinos. ‘‘En su familia hay muchos militares’’, dice en Apatzingán un ex funcionario del ayuntamiento que es originario de Tepeque.

Terminada la acción en la ganadera –tres horas antes Hipólito Mora se había levantado en La Ruana–, las nacientes autodefensas se dirigieron ‘‘a reventar las casas de los malandros’’. Decomisaron armas, parque y vehículos. ‘‘Cuando ellos quisieron regresar, el pueblo ya se había levantado en armas’’.

El Comandante Rojo suspira cuando recuerda que ‘‘a los templarios les ganamos el brinco por unas horas’’. Con el paso de los días, y gracias a la captura de algunos punteros (espías), los comunitarios supieron que Jesús Vázquez Macías, El Toro, jefe de plaza en Tepalcatepec, se había enterado de la conspiración y tenía planeado, para el 25 de febrero, desarmar a toda la población. “Iban a comenzar por los dos clubes de caza que hay en Tepeque’’.

El Comandante Rojo muestra la credencial que lo acredita como miembro de uno de esos clubes. En la parte trasera están inscritos los datos de las diez armas que posee (no el cuerno de chivo que porta ahora, por cierto): ‘‘La mayoría las tengo prestadas’’.

Al comandante no le convence la explicación de que los abusos templarios se fueron al cielo por el explosivo crecimiento del cártel. Lo suyo es la geopolítica: ‘‘Cuando Barack Obama y Felipe Calderón los apretaron, cuando ya no pudieron pasar su pinche droga por la frontera, vieron de dónde agarrar. Los jefes grandes les decían a los jefecillos: ‘resuelves tus pagos y a mí me traes tanto’. Por eso jodieron al pueblo’’.

Recuento de agravios

Los agricultores sólo podían vender maíz y sorgo en una bodega, de la maña. Los tortilleros sólo podían comprar ahí. Sólo los templarios podían mover el ganado; dejaban a los dueños ganancias ridículas de un peso por kilo y, por si fuera poco, tardaban en pagar entre 15 y 20 días.

Pero el Comandante Rojo tiene un agravio personal. Y vigente. En Tepeque tiene ganado, pero sus 20 hectáreas de aguacate están en zona aún dominada por La Empresa.

En tiempos normales, sus huertas le dan 2 millones de pesos al año. La mitad de esa cifra paga la inversión. Pero el año pasado hubo granizada. ‘‘Perdí media cosecha’’. Con el pago de la cuota se quedó casi sin nada: ‘‘Ya son tan descarados que 200 mil pesos hasta se los transferí de cuenta a cuenta, y el resto fue en efectivo, hasta completar 350 mil’’.

Quiso reponerse con la fruta loca (floración de menor calidad que se cosecha fuera de temporada), pero los templarios no permitieron a nadie vender hasta que ellos terminaran de sacar los aguacates de sus huertas. ‘‘Ellos vendieron a 24 pesos y yo a 12. Por eso ando viviendo de prestado y vendí un camioncito. Por eso ando aquí’’.

Saca de su cartera el papelito de un cajero automático. Es el saldo en su cuenta: 18 mil pesos. ‘‘Tanto nos robaron que hasta el mismo miedo nos quitaron’’.