jueves, 2 de julio de 2009

La peste que paralizó a Córdova

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Contrapoder

Ya van dos Córdobas que paralizan al país. Uno fue el franchute Joseph Marie Córdoba Montoya, que el 24 de marzo de 1994 “mucho tuvo que ver” en el homicidio de Colosio. Este Córdoba fue padrino de Zedillo para sustituir al sonorense, desde la ultraderecha a la sombra del Partido Revolucionario Institucional (PRI), ya desde entonces, puestas las condiciones para lo que fue el “Asalto al palacio”, como lo llamó en su crónica Guillermo H. Cantú sobre el cocacolero, anunciando una alternancia que no lo fue.


Pues el foxismo empezó y terminó siendo un regreso a lo peor de la corrupción del antiguo régimen, pero sin la eficacia del presidencialismo, desde el alemanismo, cuando algunos de sus protagonistas, entre estiras y aflojas del autoritarismo (que llegaron a extremos sangrientos con el díazordacismo y el echeverriato, no sin previas y posteriores persecuciones a obreros, campesinos y organizaciones sociales democráticas) lograron implantar algunos de los fines de la posrevolución que ahora llega a su final, anunciando las vísperas de un centenario con fiestas al estilo del porfirismo.


No se trata de ese Córdoba, nunca priista, pero sí salinista (aunque Salinas tampoco fue un devoto del PRI). Es el caso de José Ángel Córdova Villalobos, sin ficha en el libro Los panistas, de Mireya Cuellar, por su oscuro y mediocre pasado; pero, en Guanajuato, de donde es oriundo y fue defensor a ultranza, como Jorge Serrano Limón (y afiliado del Comité Nacional Provida), de los movimientos antiabortistas, se desempeñó como panista en el cargo de “consejero y presidente del organismo electoral del estado en los gobiernos de Carlos Medina Plasencia y Vicente Fox”.

“Fue diputado local y federal, presidente de la Comisión de Salud, cuyo activismo Provida le valió ser incluido por Calderón en el gabinete” (Álvaro Delgado, El engaño. Prédica y práctica del PAN, editorial Grijalbo). Tampoco está su ficha en los diccionarios de Humberto Musacchio. Debe agregarse que Córdova Villalobos, ya mayorcito, se inscribió en los cursos universitarios guanajuatenses para obtener una maestría en administración pública.

Córdova le tiene puesto el ojo, no tanto (aunque de lo perdido, lo que aparezca) al gobierno de Guanajuato, como a la sucesión calderonista. Le gustaría ser el candidato presidencial del Partido Acción Nacional (PAN) para implantar su primera medida: acabar con los abortistas con el plumazo de un decreto.

No tenía muchas agarraderas para esa ambición, pero, de pronto, la irrupción del contagio de la influenza lo lanzó al protagonismo total, al asumir el control, al margen del Consejo de Salubridad General, pero con las facultades de este órgano constitucional, de tardíamente paralizar al país para evitar la propagación de la enfermedad.

A partir de este escándalo por la emergencia sanitaria, Córdova (promovido hasta el exceso en los medios de comunicación, compitiendo con Peña Nieto y Ebrard) saltó, por fin, al nivel del precandidato Molinar Horcasitas para la disputa interna panista para 2012.

Uno de los timbiriches del baterista de Los Pinos, expriista convertido al panismo para sobrevivir con su grupo, es el mánager de Córdova Villalobos para mantenerlo a salvo de la información a fondo y, sobre todo, fuera del alcance de la crítica, como regla general, pero con sus excepciones para confirmarla.

La publicidad de la dependencia, convertida en plataforma electorera presidencial, sólo es para los cuates: los que elogian al secretario de Salud y para los amigos que participan en las porras. Y así tiene Córdova Villalobos un cerco sanitario para cuidar su imagen.

Empero, las reporteras Karla Ramírez y Mayela Córdoba (Reforma, 14 de abril de 2009) nos informan que el titular del despacho de Salud tiene a su servicio un edificio de lujo, por el que paga una renta mensual de 3 millones 500 mil pesos.

A lo que voy, o “lo que te truje, Chencha”, es que don José Ángel, que ha estado rascándole a su sueño-ensueño-pesadilla de apuntarse para la presidenciable panista, por fin logró ponerse en el umbral de esa posibilidad o en el filo del precipicio adonde van a parar quienes se lanzan al vacío al no haber tenido (profetas desarmados, Maquiavelo dixit) la menor habilidad para posicionarse (aunque sea en imagen mediática, como los Peña Nieto, los Ebrard) y, sin embargo, encuentran un resquicio para asomar la cabeza.

Un secretario que nada le importa mantener o inaugurar subsidios para hospitales de caridad pública, como el dedicado al niño quemado en Querétaro y que está a punto de cerrar por falta de apoyos gubernamentales. Y es que los panistas tienen como única respuesta que el mercado decida quién vive, sobrevive y muere, conforme a un mal entendido darwinismo.

Córdova, como el resto de sus compañeros de viaje derechista, con su religioso y contumaz desprecio a las cuestiones sociales, es un creyente del derecho natural para esperar lo que buenamente pueda caer del cielo, y cuyo fundamentalismo se desprende de la doctrina del PAN y las enseñanzas en las escuelas religiosas donde estudiaron (en la Libre de Derecho).

A ese doctor antiabortista le llovieron reproches, pues desde el 30 de marzo sabía del brote en Oaxaca, Veracruz y el Distrito Federal (el columnista Raymundo Riva Palacio publicó una certera crítica sobre la crónica de los hechos en El Financiero (27 de abril de 2009). En devastadores análisis cuestionaron su mal desempeño y, de paso, el del encargado de Salud defeño, Armando Ahued.

Ambos, con sus jefes, Calderón y Ebrard, no actuaron con diligencia y fueron ineficaces, convirtiendo el mal en un desastre. La peste devastaba implacable. Y el fenómeno era como anillo al dedo de Germán Martínez con sus perversas intenciones para reventar el proceso electoral, aunque en el pecado llevó la penitencia, ya que los ciudadanos más esperan el día de votar en contra de los azules y su mal gobierno antirrepublicano.

Pero Córdova Villalobos tuvo, en el drama nacional, sus cinco minutos de gloria para sus aspiraciones presidenciales; aunque después, conforme nos fuimos enterando y fluía la información, se rompían los candados del secreto oficial.

Y fue blanco de la crítica para romper el sitio de la información calderonista, sobre cuyo sexenio (si la manu militari no evoluciona al golpismo, lo cual sería el desastre pinochetista a la Victoriano Huerta) aumenta la ineficacia, la corrupción y que por su falta de previsión irrumpió la peste. Ésta acabó con las aspiraciones de Villalobos. Le queda Guanajuato.

cepedaneri@prodigy.net.mx

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