jueves, 24 de septiembre de 2009

El PAN que no llegó





El PAN que no llegó
JESúS GONZáLEZ SCHMAL

En la Asamblea Constitutiva del Partido Acción Nacional, realizada del 14 al 17 de septiembre de 1939 en el Frontón México de la capital de la República, se aprobaron los principios de doctrina. Su redacción, acometida por una comisión ex profeso, fue considerada la mejor aportación de ese puñado de mexicanos que, a 10 años del nacimiento del partido oficial (entonces Nacional Revolucionario), querían anteponer a la práctica política viciada un mejor sentido definiendo los valores que deberían sustentar la actividad política para dotarla de un soporte congruente con la responsabilidad ética de su ejercicio. Se oponían –y ofrecían una opción– a la degradación de la política que, en el México de entonces, era una simple yuxtaposición de intereses personales y grupales dirigidos al usufructo y permanencia en el poder.
Primera época.-Consistencia orgánica y doctrina. Con esta clarísima concepción de la ruta a seguir, y dirigidos por Manuel Gómez Morín y Roberto Cossío y Cossío en lo organizativo y por Rafael Preciado Hernández, Efraín González Luna y Miguel Estrada Iturbide en la confección del ideario, aquellos mexicanos iniciaron lo que se llamó el primer partido independiente, de asociación libre de ciudadanos y con definición doctrinaria a partir del reconocimiento de la dignidad de la persona humana, de la irrenunciable prioridad del interés general sobre el particular y de la indeclinable convicción del sentido de la política como actividad de servicio y no de beneficio personal. Tales posiciones chocaban con la deformación del concepto de partido político que, desde su origen y en su evolución, había caracterizado al partido de Plutarco Elías Calles negando la pluralidad y propiciando la hegemonía totalitaria.
Los visionarios maestros universitarios fundadores de la organización innovadora del PAN, que llamaba más a la responsabilidad ciudadana que a la tradicional resignación pasiva que le inducían los esquemas oficiales, consiguieron, durante décadas, cumplir con ese objetivo porque Acción Nacional fue adquiriendo un prestigio y una fuerza moral que, sin duda, condicionaban ya, en su desempeño como oposición real, las grandes decisiones gubernamentales, a la vez que desarrollaban aceleradamente una conciencia ciudadana clara de la posibilidad de un cambio pacífico y verdaderamente democrático en el origen y ejercicio del poder.
Acción Nacional resguardaba con celo su esfuerzo por mantener sus postulados doctrinales éticos, como el deber ser en política y el respeto al derecho pleno de sus militantes a participar y tomar las decisiones fundamentales en la aprobación de plataformas políticas y en la selección de candidatos a cargos públicos, sin descuidar la línea y tónica de las relaciones del partido con las autoridades establecidas. La misma importancia se le dio a la absoluta independencia del partido respecto de otras agrupaciones y movimientos políticos a nivel internacional –analizando escrupulosamente tanto sus vínculos como su participación en actos promovidos por éstos–, así como en relación con el partido oficial, que era patrocinado y mantenido, por el poder en turno, con recursos públicos.
El ideario y la concepción política del PAN lo obligaban a rechazar cualquier afán de lucro o beneficio personal para garantizar una militancia que actuara en libertad y con afinidad de propósitos e ideales. Reprobaba el mecanismo en boga mediante el cual agrupaciones sindicales, por la vía del acarreo y las compensaciones económicas, apuntalaban el sistema corporativo priista, al punto de llegar a condicionar el derecho al trabajo por la adhesión incondicional partidista.
Segunda época-Confirmación de postulados en el tiempo. Se postulaba inclusive la independencia del PAN respecto de la Iglesia católica. No obstante que la mayoría de los militantes panistas profesaban la religión católica y muchos provenían de movimientos sociales con esa inspiración, lo cierto es que el PAN fue celoso en guardar distancia de la jerarquía eclesiástica, la que a su vez no mostraba ningún interés en relacionarse con un partido apenas naciente y numéricamente no significativo, cuando las relaciones convencionales con el poder en turno le permitían obtener no pocos beneficios y satisfacciones.
Es cierto que no pocos documentos pastorales, como la Encíclica Rerum Novarum y la carta pastoral Cuadragesimo Anno, aportaron tesis de avanzada a la propuesta panista, como la reforma democrática de estructuras; la plena vigencia del estado de derecho; la erradicación de la impunidad; la exigencia de justicia social; la redistribución del ingreso; la democracia sindical; la copropiedad, cogestión y participación de los trabajadores en las utilidades de las empresas, etcétera. Pero esto no impidió que se reiterara la inalterable necesidad de la separación de la Iglesia y del Estado. El Concilio Vaticano II de los años sesenta confirmó la validez de esta tesis con el aggiornamento, que no sólo reconoce el derecho ciudadano a la pluralidad política, sino también el derecho humano a la libertad religiosa.
Tercera época.– Crecimiento y límites. Tras revisar todo ese acervo y hacer un recuento de las primeras cinco décadas de vida de Acción Nacional, con un sostenido crecimiento y afianzamiento electoral y político, uno no puede dejar de preguntarse qué ha pasado en los últimos años, cuando la dinámica y tendencia partidistas se trastocan al grado de que el PAN pierde contacto con su origen y sentido para desembocar en un aparente triunfo al llegar a la Presidencia de la República, al mismo tiempo que se produce el más estrepitoso fracaso en la realización o materialización de su ideario y, peor, incurre en la aun más grave responsabilidad de haber hecho que se desplomara la esperanza en un cambio democrático hacia el progreso general de la nación, y que se produjera uno de los retrocesos más dolorosos de nuestra vida pública en los ámbitos moral, social, político y económico.
Cuarta época.– Sucesos externos. Las causas de este trágico desenlace pueden ubicarse hacia 1982, cuando José López Portillo nacionalizó el sistema bancario sin la anuencia de los grupos empresariales que tradicionalmente participaban –aunque lo hacían en “lo oscurito”– en las decisiones económicas más importantes del Ejecutivo. Desde entonces, estos grupos de poder fáctico se sintieron rechazados y empezaron a adoptar posiciones revanchistas contra el gobierno. Su primera inclinación fue crear un partido propio que, a través de Coparmex y de Concanaco, se financió y promovió con el nombre de Desarrollo Humano Integral, A.C. (DHIAC), organización de derecha que se había venido consolidando con la integración de exmiembros del Movimiento Universitario de Renovadora Orientación (MURO), de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP), de la Asociación Nacional Cívica Femenina (Ancifem), de El Yunque del Bajío y otras organizaciones similares. Al no lograr el registro electoral como partido en la entonces Comisión Federal Electoral, ellos optaron por infiltrar al Partido Acción Nacional. Esto fue favorecido por el hecho de que el PAN actuaba con una amplia apertura democrática, de manera que esos grupos fueron apropiándose gradualmente del partido, primero en los ámbitos municipal y estatal, y luego a nivel nacional.
En el proceso de trastrocamiento de los principios, el año de 1987 fue crucial: Luis H. Álvarez logró reelegirse en la jefatura nacional del partido mediante un fraude electoral interno que se consumó cuando, después de tres votaciones en el Consejo Nacional, no alcanzaba las dos terceras partes de votos que exigían los estatutos –lo que obligaba a una nueva convocatoria del Consejo– y, mediante una maniobra, se decidió realizar una cuarta votación que le dio el triunfo apretado pero definitivo. No pocos consideraron que se trató de un grave acuerdo antidemocrático que no sólo abrió la compuerta para entregar el partido a su nuevo cauce de línea derechista, sino que condujo también a la aprobación de los subsidios económicos gubernamentales que el PAN había rechazado persistentemente para salvaguardar su autonomía e independencia.
Quinta época.– Franca infiltración. El plan de infiltración se afianzaba para lanzar un candidato presidencial con el nuevo perfil empresarial, y ese fue Maquío Clouthier. Su plataforma enterró lo más que pudo los antecedentes de propuestas con demandas sociales. En el neopanismo se trataba –como causa principal– de revertir la nacionalización de los bancos a favor de los bolsistas de nuevo cuño para su futura extranjerización. El flujo de dineros de desconocida procedencia generó una tesorería paralela que hizo desaparecer gradualmente las fuentes de financiamiento anteriores, consistentes en cuotas modestas y en un eficiente sistema de recaudación horizontal atomizada a través de rifas mensuales de automóviles en todo el territorio nacional que tenía a su cargo Alfonso Ituarte en la coordinación nacional. Entonces irrumpieron en el partido jóvenes ejecutivos y agentes de enlaces empresariales con jugosos sueldos y grandes expectativas de cargos públicos. Ya en la contienda de 1988 el neopanismo ganó perdiendo las elecciones.
El acuerdo de Luis H. Álvarez y su equipo con Carlos Salinas de Gortari, renunciando a la tradición panista de exigir respeto al voto y comprometiéndose a incinerar las boletas que podían probar la victoria de Cuauhtémoc Cárdenas, fue el inicio de la sumisión del PAN a la línea neoliberal salinista que tendría posteriormente, entre otros, los siguientes resultados: el ingreso al TLC; la privatización del ejido; la reprivatización bancaria; la reforma electoral acotada; la programación de privatizaciones sectoriales como ferrocarriles, aeropuertos, etcétera, y la modificación del artículo 82 para que hijos de extranjeros pudieran aspirar a la Presidencia de la República (con dedicatoria a Fox). De entrada, estaba en juego el probable reconocimiento del triunfo del PAN en Baja California si las condiciones lo facilitaban, entre otros aspectos documentados por Martha Anaya en su libro 1988: El año en que calló el sistema.
De allí en adelante la corrupción imperó en el seno del partido de oposición y cualquier viso de democracia quedó sepultado en las concertacesiones, incluyendo el hecho de que el PAN transó con el nombramiento del gobernador interino de Guanajuato, al margen de cualquier respeto al voto público, su propósito de origen.
Sexta época.– Debacle y pérdida del ideario. En el trasfondo ideológico del nacimiento del neopanismo, impulsado por la hiperactividad empresarial para participar en el frente electoral cobrando la factura al PRI por la nacionalización de la banca, se hallaba también la moda política internacional de derecha representada por Pinochet, Reagan, Margaret Thatcher, etcétera, que alentaba a muchos mexicanos de la esfera empresarial a implicarse en la política para alcanzar a los países que llevaban la delantera.
Fue determinante en esa época el efecto alucinante que causaban los cursos impartidos en las cámaras y asociaciones patronales, donde Luis Pazos repetía hasta la saciedad su “genial” descubrimiento: las causas del atraso nacional estaban en la limitación que la Constitución imponía al libre mercado, por lo que acuñó y popularizó la expresión del “Estado obeso” que, según él, engullía los recursos hasta paralizar la economía. (No está de más recordar que ahora Luis Pazos es enriquecido parásito de ese mismo Estado, hoy atrofiado por la ineptitud de sus operadores.)
También confirmó esa mentalidad política empresarial activa la simplificación al absurdo del concepto de democracia, que era publicitada por Enrique Krauze y el grupo Televisa cautivando a quienes, como él, la buscaban “sin adjetivos”, es decir, limitándola a invertir recursos y tener creatividad mercadotécnica para ganar una elección y llegar sin otro compromiso al poder. (No está de más recordar que Fox fue uno de sus más destacados seguidores.)
El hartazgo del PRI y las recetas de Pazos y de Krauze hicieron posible la decisión de cooptar al PAN para dirigirlo hacia esos dos propósitos: a) democracia electoral sin contenido, y b) libre mercado a ultranza. Con estos enunciados –que armaron ideológicamente a Vicente Fox– se emprendió la lucha para ganar el poder. El fin justificaba los medios. Había que llegar, aunque en el camino se arrastraran los principios, la independencia, la dignidad y a la patria misma.
Lo lograron. Ya están donde Pazos y Krauze querían, ¿y…?

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