martes, 14 de julio de 2009

Amalia y Andrés







Ramón Alfonso Sallard
Amalia y Andrés

El fin de semana pasado, Manuel Camacho Solís acudió a la encerrona perredista de Michoacán con la representación de Andrés Manuel López Obrador. En la misma condición se habría presentado Marcelo Ebrard, a quien buena parte de sus compañeros de partido no le conceden autonomía. En virtud de esa doble representación, Cuauhtémoc Cárdenas y su hijo Lázaro declinaron asistir al evento, con lo cual la reconciliación interna se vio acotada.

Camacho presentó a la cúpula partidista un documento fechado dos años atrás en donde advertía que, de presentarse por separado PRD, PT y Convergencia a los comicios intermedios, el resultado sería de 12 por ciento para el partido del sol azteca, tal cual ocurrió. Su exposición no tuvo por objeto el escarnio, sino la reflexión.

En el evento se acordó privilegiar el acuerdo político y la unidad, lo cual se oye bien, siempre y cuando no se evada la necesaria y urgente autocrítica. Optar por el silencio, bajo el argumento de que la discusión abierta de las ideas y el juicio de frente a los liderazgos políticos beneficia a los adversarios, sólo propiciará un mayor encono interno que puede explotar en el peor de los momentos: durante la campaña presidencial de 2012.

Si la legitimidad de Jesús Ortega como presidente del PRD estaba severamente cuestionada por haber accedido al cargo mediante fallo del tribunal electoral, después de unos cuestionados comicios internos, la contundente derrota de su partido en la elección constitucional intermedia, lo coloca en una situación de extrema vulnerabilidad. Si él insiste en quedarse será un dirigente sin liderazgo, sin fuerza política y sin autoridad moral para hacer valer los acuerdos a que se comprometan las distintas tribus perredistas.

La continuidad de Ortega sería funcional a los intereses de sus adversarios internos, pues tendría que ceder prácticamente en todo. De hecho, un requisito para que permanezca en el cargo es que la próxima cabeza de la fracción parlamentaria del PRD en la Cámara de Diputados sea Alejandro Encinas, su rival, no Jesús Zambrano, su incondicional. Lo saben perfectamente los chuchos, pero en estos momentos lo más importante es sobrevivir.

El regreso de Andrés Manuel López Obrador es un hecho. Su fortaleza quedó plenamente demostrada con el caso Iztapalapa. Sin embargo, esta realidad no debe de inhibir la crítica a lo que hizo mal en 2006, que no es poco. Se requiere una reflexión profunda sobre los errores estratégicos y tácticos, al margen del fraude electoral, para evitar que se repitan en 2012.

La izquierda tiene que aprender a ganar. Debe tener vocación de poder para aspirar a él. Los chuchos no saben cómo, López Obrador sí. Pero ya no es el único. Amalia García puede crecer hasta disputarle al ex jefe de gobierno del DF la candidatura presidencial.

¿Marcelo? Primero tendría que dejar de ser un subordinado. Además, estaría obligado a eliminar los puntos de vulnerabilidad en su entorno, pues éstos bien pueden convertirlo en la versión perredista de Arturo Montiel.

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