martes, 19 de noviembre de 2013

Ecología, minería y salud


Rafael Pagán Santini

La década de los ochentas del siglo se caracterizó por la alianza personal y política de Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Ambos desarrollaron una política aguerrida que revitalizó el movimiento conservador en el mundo entero. Thatcher y Reagan promovieron la misma agenda reformista: bajos impuestos, reducciones del gasto social, todo el poder al mercado, máxima libertad para la iniciativa privada y constantes restricciones a la actividad del sector público. El estado era, para ambos, el problema, no la solución. Su coincidencia en el poder fue decisiva para que esa política prosperase y se consolidase como doctrina universal prácticamente hasta la reciente crisis de 2008.

El sello de oro de esta época lo dio la caída del muro de Berlín (1989), evento posible gracias a las reformas políticas soviéticas. Las reformas políticas dirigidas por Mijail Gorbachov, la perestroika (reestructuración) o la glasnost (transparencia) en la política interna, abrieron las puertas de forma determinante a poner fin al socialismo-real del bloque soviético. Este trío acabó rediseñando Europa en los años ochenta y abrió las puertas a la doctrina de libre mercado postulada por Milton Friedman. El énfasis en una economía monetarista, en la liberación de los mercados y la eliminación del control político impulsaron lo que hoy es reconocido como neoliberalismo y globalización.

Ningún país del mundo se encuentra ajeno a estas políticas económicas, lo que ha desatado una carrera sin meta o límite pero con dirección a la acumulación. Ya no se habla de ricos ni de millonarios sino de billonarios. Los bancos centrales de cada país almacenan dólares sin saber cuál es el límite o cuántos dólares son necesarios almacenar para evitar la polarización de pobreza-riqueza en la que viven la mayoría de los países del mundo. Esta carrera económica, ya que la política democratizadora de la vida pública ha quedado rezagada, mantiene a los países del socialismo-real, a los países postsocialista, a los nacionalistas-populistas y a los abiertamente neoliberales en un desgaste sin fin. No sabemos cuánto es suficiente.

En este contexto, la explotación minera moderna se contrarresta con la minería de la conquista de las Américas o con la conquista del Oeste de lo que conocemos hoy como USA. En sus periodos de mayor esplendor, la minería fue una vía de enriquecimiento directo, Europa y en especial España, le deben sus siglos de oro a las riquezas mineras de Latinoamérica, hoy su explotación está más vinculada al pago de la deuda pública de los países poseedores de yacimientos minerales.

A diferencia de la minería tradicional, que se caracteriza por la explotación de vetas con altas concentraciones de minería relativa, la minería que se está desarrollando actualmente es de tipo metalífera o de “cielo abierto”. La tecnología moderna permite la “explotación rentable” de yacimientos de bajo ley (0.4 partículas por millón), esto implica la extracción de minerales remanentes en pequeñas partículas diseminadas en grandes extensiones montañosas. Esta tecnología denominada de explotaciones “a cielo abierto” o a “tajo abierto”, consiste básicamente en la voladura de grandes volúmenes de material rocoso que luego es triturado y sometido a procesos de lixiviación. Se Colocan poderosos explosivos en la profundidad de una montaña y se provocan gigantescas explosiones para ablandar y exponer la tierra y los minerales, para luego, a través de un sistema de carreteras llevar la tierra desde el fondo de esos enormes huecos a la superficie, a las plantas procesadoras.

Una vez extraída de la profundidad, esa tierra es químicamente procesada para extraer el mineral que contiene. El material rocoso se trata con grandes cantidades de agua dulce combinadas con ácido sulfúrico, mercurio y/o cianuro (según se trate de los minerales a extraer) a fin de ser separados del material estéril. Por ejemplo, sin llegar a los detalles técnicos, el proceso de obtención del oro implica mezclar esas toneladas de tierra que se obtuvieron de las explosiones con agua y cianuro. En este proceso, el cianuro se pega al polvillo de oro, por lo que luego hay que separarlos usando otros materiales químicos, no hay mejor sustancia química para extraer el oro de esa tierra que el cianuro, uno de los venenos más potentes que existen en la naturaleza. Se utilizan otros químicos para separar el cianuro del oro y luego se purifica en otros pasos.

Este tipo de tecnología exige destruir enormes extensiones de superficie montañosa, la aplicación de grandes cantidades de explosivos y de sustancias toxicas y el uso intensivo de dos insumos clave: agua y energía. A modo ilustrativo, cabe mencionar que un emprendimiento a cielo abierto estándar requiere mínimamente un metro cubico de agua por segundo de manera ininterrumpidamente desde la puesta en marcha de la explotación hasta su cierre. Respecto al consumo energético, la minería constituye una de las actividades productivas de mayor intensidad energética (relación entre energía consumida por unidad de producto), lo que la convierte en una de las mayores demandantes de energía en el mundo, calculándose que la misma insume en total alrededor de 10% de la energía mundial[1]. Por otro lado, un aspecto no menos relevante en cuanto a la incidencia ambiental de este tipo de explotaciones lo constituye la gran cantidad de pasivos ambientales que la actividad genera. En particular, la generación del drenaje ácido de mina que este tipo de explotaciones generalmente desencadena, afectando irreversiblemente cursos y fuentes de agua, así como también la gran cantidad de material estéril producto tanto agua de relaves, como material rocoso de desecho y que requiere ser tratado a perpetuidad[2].

Entre los metales pesados los más importantes en cuestión de salud son el mercurio, el plomo, el cadmio, el níquel y el zinc. Algunos elementos intermedios como el arsénico y el aluminio, los cuales son muy relevantes desde el punto de vista toxicológico, se estudian habitualmente junto a los metales pesados. Al respecto, se han documentado cuatro tipos de problemas en el agua por la minería: drenaje de ácidos, contaminación por metales pesados (plomo, cadmio, arsénico, cobalto, cobre y zinc entre otros), contaminación por los químicos agregados para separar el oro del cianuro, erosión de la tierra y la sedimentación de partículas. En el caso del mercurio, éste ataca el sistema nervioso central y puede causar discapacidad permanente en los niños, cuyos cuerpos en desarrollo son más vulnerables al metal pesado. En el caso de la minería artesanal, cuando los mineros mezclan mercurio con mineral de oro molido y queman la amalgama de oro-mercurio resultante para liberar el oro, exponiéndose a los vapores tóxicos del mercurio.

Para extraer el polvillo invisible de oro en cantidades suficientes para que usted se pueda comprar un anillo o una cadenita de oro, se necesita excavar, remover y procesar toneladas y toneladas de tierra y minerales y usar miles y miles de galones de agua del subsuelo. Algunos autores calculan que para obtener el oro necesario para hacer un aro de matrimonio, se tienen que procesar 2,8 toneladas (2.800 kilos) de tierra y minerales. Si bien la tecnología de cielo abierto hace rentable la extracción del metal en términos ecológicos y de salud humana parece ser poco rentable. El daño ecológico es permanente y si se intoxican los mineros o los familiares de estos, la muerte o la lesión física es inminente. La minería es una de las actividades humanas más destructoras del medio ambiente, especialmente sobre las fuentes de agua, pero se sigue haciendo porque genera los materiales necesarios para el desarrollo de industrias que van desde la nuclear, las telecomunicaciones, el transporte, la vivienda entre otras.