martes, 25 de enero de 2011

¿A quién defendiste?, es la pregunta al final de la vida



¿A quién defendiste?, es la pregunta al final de la vida


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Pablo González Casanova, Samuel Ruiz y Miguel Concha, afuera de la Casa Universitaria del Libro, en marzo de 2003Foto Carlos Cisneros
Blanche Petrich

Periódico La Jornada
Martes 25 de enero de 2011, p. 4
En su condición de obispo de San Cristóbal de las Casas, Samuel Ruiz escribió una carta pastoral en enero de 2004 en la que decía: La pregunta que Dios nos hará al final de nuestra existencia será: ¿De qué lado estuvimos? ¿A quién defendimos? ¿Por quién optamos? Preguntas que nadie, ni los poderosos, podrán eludir al final de su vida.

Era su carta Una nueva hora de gracia, un fuerte alegato contra el sistema neoliberal y contra la guerra, palabras que publicó en el 44 aniversario de su consagración como sacerdote porque me quema la urgencia de sumar mi clamor al de los pueblos indígenas. Así era él.

Samuel Ruiz García, bajo de estatura, pleno de energía, con los ojos saltones detrás de sus gruesos lentes y un trato de erizo, fue un obsequio que el papa Juan XXIII hizo a Chiapas y a México, escribió el antropólogo y ex sacerdote Andrés Aubry a principios de 2000. Fue un hombre que en la coyuntura del levantamiento zapatista y la ofensiva del gobierno federal contra los pueblos indígenas supo llenar los zapatos de un interlocutor confiable para todas las voces confrontadas en los turbulentos años 90. Para un retrato del mediador, tituló Aubry (muerto en 2007) aquel artículo.

En la fructífera vida de su amigo, el prelado, corrían días muy significativos al inicio del nuevo siglo: don Sam cumplía entonces 75 años, celebraba 50 años de su consagración como cura y culminaba 40 años al frente de la Diócesis de San Cristóbal de las Casas.

Eran días en los que afloraban las contradicciones en torno al polémico pastor. En las parroquias y las comunidades del vasto territorio diocesano, el pueblo se volcaba fervoroso a despedir a su Tatic, un pastor que había predicado que ellos, los indios, eran sujetos de su destino, sus luchas y por tanto de su propia Iglesia. Había conocido tan bien el corazón de sus fieles, había sembrado tantas semillas y había sido tan buen escucha e intérprete que la región había dado un vuelco irreversible. Había cambiado la historia de Chiapas. Nadie recordaba una devoción masiva como esa en la historia del estado. Su retiro despertaba temores y dudas.

Por otra parte, la hostilidad de la burocracia vaticana, que nunca se sintió cómoda con la audacia con la cual el obispo de la remota zona montañosa y selvática se empeñaba en aplicar los principios emanados del Concilio Vaticano II, llegaba a su cima. Hacía años –historiadores como Jean Meyer ubican el momento en 1993, aun antes de la declaración de guerra del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN)– que una mancuerna formada por la Secretaría de Gobernación, con Patrocinio González Garrido, y la nunciatura apostólica, con Girolamo Prigione, maniobraban por quitar del terreno al obispo Ruiz García. No lo lograron.

En 2000, la animadversión del decano del colegio cardenalicio Angelo Sodano por Samuel Ruiz se hacía sentir desde Roma. La Nunciatura recién había decidido sacar de Chiapas al obispo coadjutor Raúl Vera, el sucesor natural de Ruiz en la diócesis sancristobalense, y enviarlo a Coahuila. Era quien aseguraba la continuidad de su labor. Y el nuncio en turno, Justo Mullor, en el colmo de un insultante desaire, había anunciado que no asistiría a la misa solemne para la despedida del obispo en San Cristóbal.

Ese día –jornada luminosa de peregrinaciones y cirios encendidos, de ritos antiguos desplegados en el altar mayor de la catedral que muestra un encaje de flores en su fachada– don Samuel Ruiz volvió a dar muestra de maestría política: Estamos en comunión con la Santa Sede. Y esta comunión no está cuestionada, dijo. No recogió el guante de la confrontación; nunca lo hizo.

La lamparita de mano

Porque Samuel Ruiz fue radical e indomable pero no alentó rupturas. A él se le consideró el instigador del levantamiento del EZLN en 1994. ¿Lo fue?

José Álvarez Icaza, quien murió recientemente, recogía en un testimonio publicado por el Centro Nacional de Comunicación Social el siguiente diálogo entre el comisionado por el presidente Carlos Salinas, Manuel Camacho Solís, y el obispo.

–¿Pero de veras no es usted el responsable de la rebelión zapatista?

–Lo que yo he hecho es llevar una luz, la luz de la fe a los indígenas de la diócesis y se lo voy a explicar en forma gráfica: si en este cuarto no hubiera luz, nos tropezaríamos y nos golpearíamos en nuestro caminar a oscuras. Pero si alguien nos alumbra (y sacó una lamparita de mano que traía consigo) podemos ver los obstáculos y caminos alternativos para no tropezarnos. Lo que yo he hecho es alumbrar con la luz de la fe. Los caminos que recorran quienes ahora tienen nueva luz no son marcados por mí sino escogidos por mis fieles de acuerdo con sus propias y anteriores experiencias. Me consta que intentaron antes de rebelarse resolver sus problemas por caminos pacíficos. Pero nadie los escuchó ni les hicieron caso. Si después de tratar de crear conciencia durante más de 30 años mis catequistas no buscaran caminos de recuperación de su dignidad, ancestralmente ultrajada, me sentiría el obispo más frustrado de mi pastoral.

La familia Ruiz García

Samuel nació el 3 de noviembre de 1924 en Irapuato, corazón del México cristero y mestizo, hijo de Maclovio Ruiz, un trabajador agrícola migrante, y Guadalupe García. Lo concibieron en los campos de Arizona, pero la pareja no quería que el primogénito naciera en Estados Unidos, así que regresaron al terruño. Tuvo cuatro hermanos. A los 13 años fue enviado al seminario, en León. Su vocación religiosa se resolvió casi de manera natural.

Tenía 23 años (1947) cuando sus superiores lo eligieron con otro pequeño grupo de seminaristas para ir a Roma, a estudiar en la Universidad Pontificia. Cursó teología y santas escrituras, una de las disciplinas que requiere mayor rigor intelectual. De regreso a León, en 1959, se le informó que el papa Juan XXIII lo había elegido como obispo en San Cristóbal de las Casas, en los confines del sureste.

Quienes han reseñado su biografía –Álvarez Icaza, Jan de Vos, Jean Meyer, Sylvia Marcos, Carlos Fazio– resaltan siempre el detalle de la decisión que tomó el entonces benjamín de los prelados mexicanos (tenía apenas 36 años) de ser consagrado en la misma catedral a la que había sido asignado. A lo largo de cuatro siglos, sus 34 antecesores en el obispado habían elegido otros templos, otras ciudades, para recibir su mitra. El único antecedente había sido el del mismísimo fray Bartolomé de las Casas.

Ruiz García llegó a Chiapas con toda su familia y su bagaje cultural: un entorno conservador, militante anticomunista, que no conocía otros rituales más que los del boato y el latín. Así fue como lo conoció Fernando Benítez, periodista que entonces recorría el universo indígena para su magno libro Los indios de México. Lo describe como un fanático. Samuel no rehuye el debate.

El Caminante

Durante los cinco primeros años, el obispo decidió conocer todos los caminos y veredas de la diócesis que le había sido encargada, agreste, incomunicada, un mosaico de culturas y lenguas depreciadas, un mundo de despojo, marginación y violencia que no se conocía en el Bajío, de donde venía.

No sólo se relacionó con los racistas coletos de San Cristóbal sino que se empeñó en caminar, gastar suelas y herraduras para llegar a todos los rincones en la montaña, las cañadas y la selva Lacandona. Fueron años de descubrimientos desgarradores. Con anécdotas como la que relata el libro de Fazio, Samuel Ruiz, El Caminante. Llegó después de días de camino a lomo de caballo a una comunidad cerca de San Pablo Chalchihuitán y encontró a la gente triste, desolada. Le explicaron que todos los niños habían muerto de sarampión y viruela, que cuatro veces fueron a la ciudad a pedir médico, medicina, enfermera. Y nunca llegaron.

Solía contar don Sam, en diversas entrevistas, que en ese tiempo el creyó en la Iglesia misionera, en la acción social, en calzar a los indios con zapatos. Para cubrir toda la diócesis contaba con 20 párrocos, un puñado de religiosas del Divino Pastor y hermanos maristas.

El Caminante fue un personaje popular entre los taxistas, choferes y traileros que surcan las carreteras chiapanecas. A través de su radio de banda corta intercambiaba noticias sobre el estado de los caminos, información de la región, chismes de los pueblos y, claro, uno que otro albur. Casi nadie sabía que ese seudónimo de don Sam, que pasa más tiempo en ruta, detrás del volante de su camioneta, que en su escritorio en la curia.

Jan de Vos, historiador de origen belga avecindado en Chiapas desde los años 70 y autor de varias obras monumentales sobre el sureste, describe el estado en la segunda mitad del siglo XX, los despojos de tierras, el peregrinaje hacia la selva, el avance de las confesiones protestantes que disputan seguidores a la Iglesia católica. De ese encuentro con la realidad lacerante y la teología de la liberación que influyó al obispo y a sus agentes de pastoral toma forma la teología india.

Las comunidades recibieron varias influencias: de la diócesis, de los grupos de izquierda radical que llega del norte y de los ingenieros de Chapingo. Se echó andar una dinámica compleja, por un lado La Biblia traducida a lenguas indias, por otra, la organización campesina, Kip tic Ta lecup kesel (Unión de Ejidos), las corrientes se encontraron y desencontraron, la colaboración Iglesia-organizaciones funciona en una primera etapa y después hubo contradicciones y rupturas. Samuel Ruiz vivió con intensidad el proceso y participó, lideró. Entre 1974 y 1983 los estudiosos encuentran un florecer intenso de organizaciones e ideas. También surgieron otros caminos. El de nuestra raíz de los catequistas, que tomaron como suya la palabra de Dios y la de las armas, que proponía el Frente de Liberación Nacional, que llegó a la zona desde Monterrey. En ninguna otra región se forma una coyuntura así. Y Samuel fue un factor, sostiene De Vos en una entrevista con la revista Ixtus, en 1999.

Aubry así lo analizaba: percibió el tema indígena como la encrucijada del problema de toda la sociedad mexicana. Y vio que no podía dejar de comprometerse.

En los años 60 la jerarquía católica incorporó al joven obispo a la Comisión de Misiones y a la Pastoral Indígena. Relata Ruiz que ahí sientió las primeras contradicciones entre el clero que sólo contempla en su radar la misión evangelizadora y una minoría de religiosos que nos sentíamos impulsados a hacer un análisis de la realidad.

Así llegó a una reunión previa del Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam) de Medellín en la ciudad colombiana de Melgar. Ésta, más que Medellín, lo marcó, cuando escucha las reflexiones de algunos pastores que interpretaban la evangelización tradicional como destructora de culturas.

Para su formación inició una etapa creativa, entre la biblioteca del Centro de Formación Teológica de Ivan Illich, en Cuernavaca, y las reuniones del Celam, incluida una convocada por el obispo ecuatoriano Leónidas Proaño, en Riobamba, en la que los sacerdotes fueron encarcelados por los militares. La teología progresista fue vista, en los albores de la doctrina de seguridad nacional y el militarismo latinoamericano, como la ideología comunista más peligrosa.

Chiapas es la frontera sur, la frontera con los conflictos armados que se abrían paso en Guatemala, El Salvador, Nicaragua. Junto con el obispo de Cuernavaca, Sergio Méndez Arceo, Ruiz entró de lleno a los mecanismos de solidaridad. Más que ningún otro. En 1981 irrumpió en los departamentos guatemaltecos colindantes con México la guerra de tierra arrasada del genocida general Efraín Ríos Montt. Del Ixcán, el Quiché, Huehuetenango, San Marcos, ríos de campesinos mayas huían de las masacres perpetradas por los kaibiles (tropas de elite chapinas) y sus paramilitares Patrullas de Autodefensa Civil.

En los campamentos de refugiados, sobre todo en las primeras semanas, se enterraban varios niños cada día. Agotados, hambreados, empavorecidos, encontraron las primeras redes de apoyo en la diócesis que halló una faceta internacionalista. El clero promovió comprar tierras para asentar a los refugiados, movilizó y alertó cuando las tropas guatemaltecas cruzaban la frontera para cazarlos, intentó frenar la reubicación forzosa que imponía el gobierno mexicano para alejar los campamentos de la línea fronteriza hasta Quintana Roo y Campeche.

El obispo estaba frecuentemente de visita en La Trinitaria o Flor de Café, alentando a los guatemaltecos. De estas experiencias, decía, aprendemos. La lucha de los pueblos mayas del otro lado de la frontera también dejó en México su huella. Y provocó también la reacción represiva del Estado mexicano que detuvo a los colaboradores de Samuel y expulsó a varios sacerdotes extranjeros que se comprometieron en las redes de apoyo a los refugiados.

En 1985, Samuel Ruiz escribió: Hoy nuestra diócesis queda, sin que lo hayamos pretendido, como un enclave importante de lo que se llama América Central, sintiéndonos parte de ella, en la mira de la discordia.

Para ese entonces en la diócesis había mucho camino andado. Se ha dado, en la década reciente, un verdadero proceso de democratización. Samuel Ruiz ha ordenado en todo el territorio a cerca de 300 diáconos (apenas un grado menos que un sacerdote consagrado) que suplieron el déficit de curas en todas las parroquias y comunidades. La religión se vivía de otra manera.

Y también en Chiapas había persecución. La prensa local sobre todo, pero también columnistas de diarios nacionales –Manuel Mejido y Eduardo Ruiz Healy son algunos ejemplos– escribían del cura rojo, del obispo que podía poner en pie de guerra a 300 mil guerrilleros. Prigione, diplomático de gran influencia en la política mexicana, decía abiertamente que el obispo Ruiz era un estorbo para afinar las relaciones de Estado entre México y el Vaticano.

El levantamiento del primero de enero de 1994 desató todas las fobias de la derecha mexicana contra la diócesis.

A pesar de todo, cuando finalmente, ya con Ernesto Zedillo en la Presidencia se estableció la mesa de diálogo en San Andrés Larráinzar, sólo había una figura en el tablero que reunía las características para ser mediador. Zedillo se resistió. Al final, la lógica se impuso. Ruiz García fue nombrado al frente de la Comisión Nacional de Intermediación (Conai).

La historia es conocida. Se dialogó, se llegó a acuerdos preliminares y el gobierno federal traicionó la palabra empeñada. Meses después, el obispo Samuel, consecuente con el fin de la negociación, disolvió la Conai

Fuente: La jornada
Difusión AMLOTV

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